Dolor, bronca y abandono: el desesperado grito de un barrio que denuncia drogas, suicidios y ausencia del Estado
En diálogo con el periodista Adrián Valenzuela, el crudo testimonio de una referente barrial expuso una realidad que duele y que, según advierten los vecinos, llegó a un límite extremo en la zona norte.
La crudeza del relato de Maria Mamaní no deja lugar a dudas: lo que durante años fue advertido hoy estalla en tragedias, dolor y una sensación generalizada de abandono. “Esto no es nuevo. Lo venimos diciendo hace tiempo: la inseguridad, los chicos en situación de calle, el consumo, la prostitución. Pero ahora se llegó al extremo”, expresó con angustia.
En las últimas horas, dos familias quedaron devastadas tras situaciones límite vinculadas al consumo problemático. Niños que quedaron prácticamente solos, sin contención, en un contexto atravesado por la violencia, las adicciones y la desesperación.
La denuncia es contundente: en el barrio habría al menos 27 bocas de expendio de droga. “Capaz me quedo corta”, advierte la vecina, quien asegura que la situación es conocida pero no se toman medidas efectivas. “Nadie hace nada. Nadie se arrima. Solo vienen, prometen, te palmean la espalda y desaparecen”, cuestionó.
La falta de políticas reales de contención también fue blanco de críticas. Según relató, los espacios que se presentan como alternativas para jóvenes no cumplen su función: “Dicen que tienen la cancha los fines de semana, pero ahí se vende alcohol y droga. Eso no es contención”.
Uno de los momentos más dramáticos se dio cuando, en medio de otra situación crítica, recibió un llamado desesperado: un joven había intentado quitarse la vida. “Esto ya es el extremo”, repitió, marcando el nivel de urgencia.
El consumo de sustancias, incluso en menores, es otro de los puntos alarmantes. “Están fumando cualquier porquería que les venden. Les están destruyendo la vida”, denunció, apuntando directamente contra quienes comercializan droga en la zona.
A esto se suma la falta de respuestas institucionales. Denuncias que no se toman, llamados que no son atendidos y una comunidad que se siente sola frente al avance de la problemática. “La policía no responde, y cuando vas a denunciar, no te reciben. Se tiran la pelota entre ellos”, afirmó.
También cuestionó duramente los programas oficiales de atención a las adicciones: “No hay lugar, no hay espacios reales. Tener a un chico de mañana a tarde no es tratamiento. Es una vergüenza”.
El panorama se agrava con situaciones de explotación y enfermedades. “Hay chicas que se prostituyen para consumir. Ya hubo muertes por HIV y nadie dice nada”, señaló, visibilizando otra arista del problema.
Además, denunció el uso político de la vulnerabilidad social: “En campaña vienen, les dan un bolsón y los usan. Después desaparecen. Siempre fue así”.
Incluso apuntó a una posible connivencia: “Hay casas donde se vende droga y vive personal policial o familiares. Así es imposible”.
Pese a las amenazas que asegura recibir, la referente sostuvo su compromiso con el barrio: “No me van a voltear. Lloro, sí, pero después me levanto y sigo ayudando. Porque alguien tiene que estar”.
El testimonio, recogido por Adrián Valenzuela, refleja una realidad que exige respuestas urgentes. Un grito que ya no pide, reclama. Y una comunidad que, cansada de promesas, exige acciones concretas antes de que sea demasiado tarde.






